El sacrificio de Perucho Figueredo
El Mijial es un rancherío enclavado en lo más intrincado de los bosques de El Jobabo, en donde se refugiaron muchas familias de Bayamo, después del incendio de la ciudad. Figueredo se acerca al caserío, en estado lastimoso, enfermo de fiebre tifoida y con los pies y las piernas espantosamente llagados. Su negro fiel, Severino, lo ha guiado, temiendo a cada paso que se le muriera entre los manglares, horrorizado el negro bueno de que su amo cayera, vivo todavía, en las manos del enemigo que viene siguiéndoles el rastro. Figueredo le ordena a Severino que se adelante y diga a su familia que venga a recogerlo, pues no tiene fuerza para seguir caminando. A tiempo que llega desolada su hija Yayita, lo alcanzan las fuerzas españolas del coronel Cañizal, que trae prisionero a Rodrigo Tamayo y a su hijo Ignacio. Figueredo trata de matarse, pero antes de conseguir hundirse en el corazón la punta de su sable, cae al suelo desmayado. Es casi un cadáver lo que el enemigo hace prisionero. El día 14 de agosto de 1870 efectúa su entrada en Manzanillo el cañonero “Astuto”, que trae a su bordo a los ilustres cubanos. Las autoridades han embanderado la ciudad. Los balcones han sido engalanados. Las bandas de música de los voluntarios recorren la población, mezclándose a las sirenas que resuenan en el puerto. Las campanas de las iglesias son echadas a vuelo. Hay que celebrar el glorioso acontecimiento, el heroico hecho de armas: han tomado prisionero, moribundo, al autor de la letra del Himno de Bayamo, de esa música “asquerosa y subversiva” que los cubanos se atreven a llamar se himno. Yayita es entregada a la familia de don Domingo Pujol y los tres hombres son llevados a Santiago de Cuba, donde son condenados a muerte. A las seis de la tarde de día 16 de agosto entran en capilla. El local es oscuro y carece de camas y de asientos. Figueredo no puede tenerse en pie y espera la muerte tendido en el suelo. Con gran esfuerzo escribe en su esposa pidiéndole que se cuide para que su última hija casi recién nacida, no quede completamente huerfana. Ignacio Tamayo, en plena juventud prepotente, escribe a su mujer recordándole que eduque a su hijo en los ideales por los que muere su padre. Las últimas palabras encierran un universo de añoranza, de amor y de deseo…”Sólo siento el no verte… sufro únicamente por ti... ten resignación… muero como un hombre de honor y eso debe consolarte… un beso a mi hijo, a quien debes educar en las ideas de su padre… adiós… mi rubia…” Para la madrugada del día 17 se ha fijado la ejecución de la sentencia. Figueredo es colocado sobre un asno, entre el escarnio y las risotadas de los voluntarios, a los que el prócer contesta: -No es la primera vez que un redentor cabalga un asno. Los Tamayo a pie y Figueredo amarrado a su burrico, llegan al caserón del antiguo matadero. Allí se hallan, formadas, todas las tropas de reten de la cuidad de Santiago. Los cornetas tocan silencio. Colocan a los tres cubanos frente al paredón. Figueredo, entrando en la agonía, vacila como un hombre ebrio. Resiste desesperadamente con la conciencia que de sí mismo le queda. No quiere morir de enfermedad antes que sus compañeros. El último gesto de Rodrigo Tamayo es estender las manos para bendecir a su hijo. Las últimas palabras de Figueredo resuenan asombrosamente claras: -Cuba… yo se que al fin serás libre. Ignacio Tamayo musita en su susurro: -mi rubia… ya no volveré a besarte… Los tres cuerpos caen a la vez.
Publicidad