La Guerra Chiquita, experiencia necesaria

Publicado en por Valeria

Importante experiencia en la preparación de futuras acciones para el logro de la definitiva independencia cubana, lo fue la Guerra Chiquita iniciada el 24 de agosto de 1869 con el alzamiento del brigadier Belisario Grave de Peralta al frente de 200 hombres en las proximidades de Holguín. El trabajo organizativo que condujo al reinicio de las acciones en la Isla estuvo coordinado y dirigido por el Mayor General Calixto García por intermedio del Comité Revolucionario de Nueva York. En Cuba, aún cuando se mantenía latente el espíritu independentista, la conspiración no había logrado despojarse de dañinas contradicciones en cuanto a los métodos de dirección entre las personas radicadas en la ínsula el Comité neuyorkino. Por otra parte, los viejos combatientes orientales mantenían una comunicación más frecuente con Antonio Maceo que con Calixto García, lo cual hacía que algunos de los colaboradores de este último tratasen de excluir a los partidarios del primero de las actividades organizativas. A todo lo anterior se unían las propias discrepancias regionales y raciales que habían lastrado el proceso emancipador de la Guerra de los Diez Años. Esa situación evidenciaba que, a pesar de los intentos y preparativos, los patriotas nos gestores de la nueva lucha, no habían logrado rebasar el marco histórico en el cual se formaron ni superar los viejos problemas que llevaron al fracaso el anterior proceso emancipador antiespañol. A pesar de todos estos inconvenientes, el nuevo movimiento resultó indetenible. Al levantamiento de Grave de Peralta en Holguín se sumó el de Santiago de , considerado entre las acciones más importantes, y encabezado por el general Guillermo Moncada y los entonces coroneles Quintín Banderas y José Maceo. Paulatinamente se sucederían nuevos levantamientos en otras localidades de la región oriental como Tunas, Baracoa, Bayamo, Jiguaní y Baire. No sería hasta noviembre que las acciones se extenderían hasta la zona de Las Villas, con alzamientos en poblados como Remedio, Sancti Espíritus y Sagua, encabezados por experimentados militares, entre ellos, el general Serafín Sánchez y el coronel Francisco Carrillo. Las provincias occidentales no se sumaron a la lucha y de manera particular, en La Habana, eran detenidos el 17 de septiembre José Martí y Juan Gualberto Gómez. Hincadas ya las acciones, los jefes alzados en la Isla esperaban con ansia el arribo de importantes líderes como los generales Antonio Maceo, Calixto García o Carlos Roloff, quienes debían imprimir al movimiento el empuje final que garantizara el éxito. Sin embargo, a última hora Calixto, jefe máximo del proceso conspirativo, decidió que Maceo no viniera, a fin de desvirtuar la propaganda de guerra de razas que los contrarios a la independencia, en alianza con la administración española, habían echado a rodar con el propósito de hacer fracasar el movimiento. Calixto logró llegar a en mayo de 1880, y luego de varios encuentros con los colonialistas hispanos, sufre grandes bajas. Ante la imposibilidad de lograr contactar con los principales líderes, decidió capitular y entregarse a las autoridades en agosto del propio año. Con posterioridad lo harían los restantes líderes. La Guerra Chiquita estuvo permeada de múltiples factores adversos: la falta de unidad y liderazgo político, prejuicios raciales, posición reaccionaria de los grupos opuestos a la independencia y efectividad de las acciones políticas y militares de las autoridades coloniales durante la preparación y desarrollo del movimiento.

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